El exquisito arte de la limpieza

Por Eugenia Ramos

El Movimiento Peronista nace en el siglo XX, en un contexto internacional en el que la mujer ya estaba incorporándose a la vida política como actora, como votante, y esa convergencia se ve en la indiscutible dupla histórica- política que fueron Juan y Eva, los conductores primigenios de este movimiento.

Consideramos que esa circunstancia ha marcado fuertemente la identidad de nuestro movimiento. Aunque todavía no hemos abordado esa construcción simbólica política de forma reflexiva, razonada, consciente. 

Podríamos decir que lo simbólico femenino se cuela en “la terminación”, en “el toque” que da dignidad. La exquisitez. Para ejemplificar, diremos que se puede tener un pan con manteca y mate cocido en la mesa y se puede servir de cualquier manera y comer con las manos, reafirmando la condición de pobreza como un valor en sí mismo o se puede comer ese mismo pan con manteca sobre una mesa limpia, con un vasito con agua y florcitas silvestres y poner platitos y cuchillos para comer el pan. Esa terminación que da dignidad al acto de sentarse a comer es lo simbólicamente femenino, en esta sociedad donde lo femenino está asociado a la vivencia más personal, íntima y doméstica. Los peronistas no nos aferramos a la condición de pobres ni pretendemos que los trabajadores se construyan de esa forma, sino que se proyecten con un futuro con las oportunidades de la burguesía, pero con los valores del peronismo. Trabajadores dignos.   

Generalmente, el desmerecimiento hacia lo simbólico femenino en los espacios políticos está marcado por “la acción”: servir café, ser quien toma las notas de la reunión, repartir los papeles y tener a cargo pasar las filminas o imágenes en una reunión presencial.

Lo que les proponemos es un camino diferente. Que sean los hombres quienes intenten aprender a hacer esos trabajos como una experiencia enriquecedora. Una mirada desde otra perspectiva. 

Lo simbólico femenino parece remitirnos siempre al hogar y a los cuidados. Mientras que en lo simbólico masculino fantaseamos a los hombres como los constructores de la seguridad y las ideas. Sin embargo, esos sujetos que son escuchados, a los que se ha “autorizado” para ser escuchados, no han reflexionado la política, la comunidad organizada desde esa perspectiva que tiene tantas riquezas escondidas, que es la perspectiva de lo simbólico femenino.

¿Es acaso lo mismo llegar al local de una agrupación cuando está limpio, con alguna plantita cuidada y con olorcito a lugar ventilado o a torta, que llegar a un local sucio sin nada para comer o con galletas de paquete compradas en un “super” y con olor a encierro?  

En este mundo machista todo lo relacionado con lo femenino está impregnado de la idea de secundario, periférico, “escondido”. Ante ello, mareas de símbolos considerados “femeninos” no son reflexionados. 

El desprecio a lo “femenino” es tan profundo que el trabajo más feminizado del mundo, el de limpieza de hogares, tiene en nuestro país el salario mínimo vital y móvil más bajo de todo el comercio laboral. De hecho, las mismas tareas efectuadas fuera de un hogar tienen otro convenio colectivo de trabajo, y en este caso sí suelen contratarse hombres. Así que, por un lado, tenemos la ley de Trabajadoras de hogares (26844) y, por otro, las normas para maestranzas, con mejor salario pero las mismas tareas en diferentes escenarios. Unas son “intramuros” y los otros son “extramuros”. 

Hemos de poner en relieve que, por si fuera poco, en la larretista Capital Federal a las trabajadoras de limpieza de hogares no las dejan acceder a la justicia laboral: la suerte de sus demandas por despidos es decidida por un tribunal administrativo proclive a reinstaurar “la esclavitud”. Y sólo luego de que sus miembros deciden la suerte de la demanda, la trabajadora puede acceder a la justicia laboral como tribunal de alzada, con todas las limitaciones que ello implica. Así es la “progresista” ciudad porteña.  

Este fenómeno del desprecio por lo simbólico femenino también se ve en política. Hay una sobrevaloración del sentarse a hablar “al ñudo” por horas sin arribar a ningún acuerdo de consecuencias prácticas y, por el contrario, no se valoran en lo más mínimo a las personas que limpiaron el espacio donde se realiza la reunión, a quienes se ocuparon de que haya vasos, mate, yerba, azúcar, que el piso esté barrido, que haya algunas florcitas que perfumen de dignidad esos espacios. O sea, cuando se produce un encuentro, hay una parte de la militancia que ha quedado invisibilizada, no reconocida. 

Cuando en el mundo laboral se quiere desmerecer a alguien se lo envía a servir el café, y quien se queda sentado, aunque más no sea diciendo naderías, es “el importante”. 

En dictadura, cuando la secuestrada era una mujer, siempre estaba el adicional de la violación: no sólo la apropiación de su cuerpo, sino el ultraje más profundo posible a su pudor. Sólo la muerte y la supresión de identidad pueden superar en negación del sujeto en su calidad de tal, como el avasallamiento a su sexualidad.

Durante el genocidio trasnacional en el que las sociedades latinoamericanas sintieron el látigo siniestro del totalitarismo, en el que de forma sistemática se violaban a las mujeres que se secuestraban, también de forma sistemática utilizaron esa maquinaria para oprimir a las trabajadoras domésticas. En muchos casos, robándoles incluso los hijos recién nacidos. Para muestra, un botón: El caso de la madre de Astiz y el robo del bebé de la trabajadora doméstica (https://www.telam.com.ar/notas/201409/79055-entrega-de-bebes-mama-astiz-lesa-humanidad-fiscal-juicio.html).

Creemos que debemos reivindicar el análisis político desde esa mirada femenina porque, quizás, el sino glorioso de la revolución peronista puede estar muy vinculado a un volver al reconocimiento de nuestra identidad comunal y del hogar como el espacio donde cada sujeto habita dignamente. La valorización del “estar siendo” en el “domicilio existencial” del que nos habla Rodolfo Kusch.