Por Jorge Kinoto Vázquez
Exijamos que se rompan los candados de las casas partidarias, que se despojen de la soberbia algunos caciques con poder prestado y se pongan a disposición de un movimiento que siempre se caracterizó por resistir y gobernar pensando en una Argentina con dignidad, sin hambre.
Mientras en la provincia de Formosa la pata sojera de “Juntos por el Cambio” profundiza un peligroso ensañamiento desestabilizador con el que se busca amplificar la desacreditación de los mecanismos institucionales —mediante la promoción de estallidos sociales que atenten contra la integridad democrática de gobiernos justicialistas—, durante la ceremonia de apertura de las sesiones ordinarias 2021, el pasado 1° de marzo, Alberto Fernández presentó las credenciales de «aquel guapo» al que, de una u otra forma, todos estábamos esperando. Con un discurso fuerte, evidenciando que está dispuesto a subirse al ring para devolver cada uno de los golpes bajos provenientes de aquellas corporaciones que todavía no se acostumbran a aceptar las reglas de juego.
Tres días más tarde fue el turno de la Vicepresidenta, que irrumpe en la escena “a lo Cristina”, sin medias tintas, con la guardia alta y los guantes puestos, no para defenderse, sino que para defender lo que ella expresa y representa: la política. La tan bastardeada política. Esa noble actividad que algunos sicarios judiciales, desde sus estrados, lograron sentar en el banquillo de los acusados, desatando una nueva era de inquisición mediante la persecución y el hostigamiento mediático como antesala del lawfare, que tiene como principal blanco a todo aquel dirigente sospechado de querer ubicar a la política como eje del engranaje. Porque si hay algo que ellos comprenden es que la actividad política sigue siendo el hecho maldito que obstaculiza el accionar impune de una casta de poderosos pertenecientes al establishment, al círculo rojo, a la oligarquía, a bandas, en definitiva, donde recala todo ladrón de guante blanco que supo servirse de ella. Para abrochar negociados que son nocivos para los intereses de varias generaciones de argentinos, aplazando el viejo anhelo de una distribución equitativa de la riqueza.
Estas intervenciones desnudan, sin dudas, la complejidad de una agenda por la cual se podrá medir la verdadera potencialidad del proyecto político. Por lo que sería un error garrafal subestimar el calibre de estos debates o atribuirlo, simplemente, a una arenga discursiva destinada a levantar el ánimo a una tropa que, por cierto, viene alicaída ante los negativos efectos económicos que arroja la pandemia, las reiteradas mojadas de oreja de una derecha desvergonzada y la falta de claridad estratégica de algunas conducciones que, aun teniendo la legitimidad del voto, no se han animado a tomar la iniciativa política de avanzar por lo que falta.
Desde luego, la vorágine que caracteriza a los días que vivimos no puede ser un justificativo para no replantearnos en profundidad hasta dónde estamos dispuestos a ejercer la legítima defensa. Y cuál es el verdadero rol que debe asumir cada uno de los componentes de este rompecabezas, empezando por llamar al orden a algunos caudillos diseminados a lo largo y ancho del país. Quienes, durante la constante correlación de fuerzas, solo pudieron demostrar sutilezas para mantener el statu quo, quizás por el temor de poner en riesgo esos lugares de privilegio que tradicionalmente los ha ubicado en la zona de confort, alejados de la realidad de sus propios compañeros, negados a ampliar los horizontes participativos de la militancia, bajándole el precio a muchos de los actores que integran el hoy llamado Frente de Todos.
Estamos ante la posibilidad de encarar un proceso histórico. Solo depende de la voluntad del conjunto, si somos capaces de interpretar nuevos paradigmas pensando en consolidar una nueva mayoría. La mecha está encendida: continuemos por exigir que se rompan los candados de las casas partidarias, que se despojen de la soberbia algunos caciques con poder prestado y se pongan a disposición de un movimiento que siempre se caracterizó por ganar las calles, resistir y gobernar pensando en recuperar la dignidad de los muchos que anhelan vivir en una Argentina donde no haya hermanos con hambre. Esto es Peronismo.